miércoles, junio 15, 2005

Mi experiencia con una tailandesa

Cualquier momento hubiese sido bueno, pero fue esta mañana, que llevaba el ánimo dispuesto a dejarse seducir. Acababa de llenarme el estómago con una tostada, zumo de naranja y té rojo. Mi nueva vida (toma 356) acababa de empezar bien.
Crucé una puerta de Gran Vía sitiada por martillos pilones y grúas. En el interior de
aquel local, ya sólo el silencio fue para mi suficiente bálsamo.
Mi tailandesa me calzó unas sandalias de cañitas de bambú, bajamos unas escaleras. Me tendió, sin sobrepasar la puerta del vestuario, una especie de kimono, blanco, amplio, suave, olor a jabón. Las mamparas translúcidas que contenían cada una de las salas, allí abajo, separaban el silencio moteado de notitas de música oriental.
Me hizo seguirla por los pasillos apenumbrados, cálidos, adornados de esencias, hasta mi pequeño gabinete, que disponía sólo de una mesita y una camilla. Subida a ésta, cerré los ojos para no volver a abrirlos en una hora. Sólo la sentía tomándome con firmeza las piernas, presionando con los pies mis glúteos, subida sobre la litera para abarcar mi cuerpo mejor. Repasó mis muslos contraídos por el ejercicio de hace unos días, me masajeó bien los brazos. Cada opresión me dolía como un estallido de cristales, pero en ningún momento me atreví a molestarla, a desviar la concentración que exigía cada uno de sus movimientos. En realidad, así se lo había pedido a la recepcionista: necesitaba sentir ese binomio fusión / confusión que se establece entre el dolor de los músculos flagelados y el placer para el alma.
Me tomó las manos con las suyas y las sentí humanas por primera vez: pequeñas como las mías, tibias, finas pero enérgicas, suaves pero curtidas. Retorció, manipuló, presionó, amarró, recorrió, abarcó y amasó cada músculo con ellas. Las facciones de mi cara se relajaron con un paño caliente al final y una campanilla agudísima dio tres tonos. Mi ritual iniciático para una nueva vida había terminado. La masajista menuda, de ojos rasgados y facciones tersas, de edad incalculable, me acompañó de nuevo al vestuario. En el gran espejo, a media luz, me vi de nuevo y por primera vez.

1 cosas que no pueden esperar...

At 10:57 a. m., Anonymous Anónimo me confesó que...

Hola!

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Un saludo.
Equipo de Fusiom

 

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