miércoles, enero 11, 2006

Novelas cotidianas

Sin que apenas se les preste atención, en cada esquina se escriben solas buenas, malas, terribles, delicadas novelas. Hoy fui público para uno de esos capítulos autónomos, que sólo necesitan para existir ojos y oídos que quieran conocerlas:

“- No te has acordado de darme el medio azucarillo que siempre te sobra.
- …
- … no importa.”

Y se levantaron enseguida de la mesa, justo después del café. No se rezagaron tampoco en ir hacia la puerta, bromeando por el camino, jugando a sonrisas y normalidad. Sin embargo se marchaban –al menos ella- con la mirada perdida en algún confín que debieron encontrar bajo sus pies.

En mi habitual fatalismo, yo me pregunto si a algún novelista se le ha ocurrido alguna vez esta amargura tan plástica para un final.

3 cosas que no pueden esperar...

At 3:51 p. m., Anonymous kingo me confesó que...

Ese final me suena, pero no a final, sino a rutina, a normalidad, a continuará, a ese tipo de detalles que parecen tan importantes al principio de una relación pero se convierten en inútiles enogorros en el medio, para acabar siendo sólo parte del paisaje hacia el final...
Eso es lo peligroso de las relaciones (largas), la falta de detalles, o por lo menos, la falta de emoción en el detalle. En eso las novelas siempre llevan ventaja.

 
At 7:27 p. m., Blogger C* me confesó que...

bien, claro, eso tienen los finales de verdad, los que te sirve la vida, que de tan crueles no te dan ni siquiera el consuelo de la llantina y el desgarro a lo rita hayworth. en el cine todo es más fácil. en las novelas, bueno, es más creible, es un dolor más sutil e intimo, porque conversan con los latidos de tú a tú.

 
At 2:04 a. m., Anonymous tusitala me confesó que...

Detalles
Parece que alguien quisiera recompensarte. Cada vez que publicas algo, cae en mis manos un euro con El hombre de Vitruvio. Tengo ya unos cuantos, forman un montoncito; puede que sirvan para comprar un puñado de chocolatinas, o quizá un billete de autobús.
Esta noche, al colgar el teléfono y meter las manos en los bolsillos -vano consuelo para este frío-, me he encontrado uno...y he sonreído.

(Qué buen final para una novela; ¿o tal vez principio?)

 

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